El órgano que tocó el diablo: la leyenda del convento de Santa Clara

Dicen que hasta estas fechas el sitio sigue embrujado

Fecha de registro: 2020-09-02 06:56:38

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Querétaro siempre se ha caracterizado por ser una ciudad culta, en donde existe aprecio por las artes y que, a manera de los antiguos sistemas gremiales, en que se heredaban los secretos de padres a hijos, aquí existían familias que por verdadera vocación religiosa se entregaban por entero al servicio de la Iglesia; algunos como acólitos, durando en activo hasta que morían; otros, dedicándose al canto, así como a la música, pero toda la vida, año tras año.

Cuenta la leyenda que el organista del Convento de Santa Clara, desde los primeros días que fue instalado el nuevo órgano, empezó a notar a una bella monja, muy joven, a la cual su rostro enmarcado en la blanca tela y el oscuro velo la hacían más hermosa. En el sitio reservado para ellas, ninguno de los fieles notaba su presencia por el velo que separaba del mundo, así como también por las gruesas y sólidas rejas del enclaustramiento.

El organista la observaba diariamente en la penumbra de la Iglesia y los rayos de la luz matutina, que se colaban apenas iluminando al grupo de piadosas religiosas, que diariamente, en punto de las 6 de la mañana, iniciaban su día encomendándose al Señor. Él se sentía afortunado por el lugar en que el acomodo indispensable del órgano, para lograr su mayor sonoridad y cumplir con sus funciones ornamentales, le daba la oportunidad de verla, sin que nadie lo notara, y al verla tanto, terminó por enamorarse perdidamente de ella.

Se convirtió en una obsesión y, poco a poco, pasó a ser parte de su vida: pensaba tanto en ella que no la podía separar ya de su existencia. Tenía que ser su esposa. La amaba con todas sus fuerzas, pero existía un infranqueable impedimento: no, no era la monja, la que ni siquiera se enteró, ni siquiera había fijado sus castos ojos en el que con pasión la amaba: a él lo detenía su fe, su religión, sus creencias, las que le había inculcado su madre viuda desde que él tenía siete años.

Su madre que, refugiando su dolor se volcó en la fe, en la religión y él la acompañó siempre; por eso no podía fallar a su madre, a su religión; pero estaba de por medio algo más fuerte: su amor ardiente por la bella monja.

En medio de su desesperación, primero rezó, y le pidió a Dios que le concediera a su sierva como esposa; le justificó que su amor era puro, libre de pecado, pero, enloquecido de amor, invocó al demonio, no importaba nada, ni su vida ni su alma, solo le interesaba la hermosa monja de cara angelical y rosadas mejillas, cual querubín del propio retablo de la Iglesia.

Esta pasión, tan intensa, escapaba de sus fuerzas; se justificaba por su amor puro, y en pocos segundos, se recriminaba su pecado y no aguantó. No podía con este conflicto seguir viviendo. Pudo más la culpa de sentirse un pecador por desear a una inocente monja, a quien ya había manchado con sus “malos pensamientos”. No merecía vivir. Le había faltado a su madre, a sus principios, invocando al diablo; había caído en pecado.

Dirigiéndose al cajón del ropero donde guardaban los recuerdos de su padre muerto, entre camisas viejas, fotografías de color sepia y un “kepí” con escarola republicana, tomó una vieja pistola con la que su orgulloso padre aparecía en la única foto como militar; tomó su rosario, se puso su escapulario, y lo perforó a nivel del corazón, como castigo por haberle causado tanta desdicha.

A la mañana siguiente, el único que notó la ausencia del organista fue el sacerdote, ya que al cantar se quedó esperando la musical respuesta y, como esto no aconteció, con rápida mirada notó el banco del órgano vacío. Sin dar importancia continuó el oficio religioso y, mecánicamente, volvió a cantar, sin recordar la ausencia del ejecutante, pero apenas recapacitaba de su error cuando del órgano se iniciaron unas notas, pero que por su sonoridad y sus acordes, nunca las había producido el instrumento, y no solo eso, con los cabellos de punta, siguió escuchando melodías que nunca se habían escuchado.

No se trataba de ruidos, se producían acordes de tal forma que los fieles empezaron a voltear al sitio en donde se encontraba el órgano, pero no había alguien tocándolo.

El sacerdote, con temor, empezó a rezar en voz alta. Los fieles, horrorizados por lo que estaban presenciando, incrédulos, no podían saber si se trataba de un milagro o de un hecho atribuido al mismísimo demonio. La situación en que se encontraban inexplicablemente duró varios minutos y, de improviso, cesó, quedando todo en un profundo silencio.

Los comentarios a la salida del templo, ya en las puertas que dan jardín de Santa Clara, entre los fieles que no alcanzaban a explicarse lo que había pasado, cuando ven que una mujer apresuradamente se dirigía la iglesia.

Se trataba la que todos conocían como la madre del organista, quien unos minutos antes tuvo, para su mala fortuna, que encontrar a su hijo recostado en su cama, muerto, con el corazón perforado por una bala, pero no les dijo más.

Ella como madre había sentido lo que su hijo padecía: al amor, pero no sabía de quién. Solo lo intuía, lo presentía como madre. Se trataba de un amor imposible.

El órgano continúa en el mismo lugar en la iglesia de Santa Clara, y por más esfuerzos que se realizaron, nunca lograron que volviera a tocar. Nadie podía explicar, pero quedó inservible, como “si lo hubiera tocado el diablo”.

Texto tomado del libro «Anécdotas y leyendas queretanas» de Jaime Zúñiga Burgos.

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