La historia de la señora de negro que siempre estaba en Plaza de Armas

Seguro alguna vez te topaste con ella

Fecha de registro: 2020-08-29 10:39:52

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Si llevas en Querétaro un par de años, seguro en algún momento te has topado -o te han contado- de la ‘señora de negro’ que siempre está en Plaza de Armas. También la conocen como ‘la viejita de los cabellos blancos’ y otros sobrenombres. 

Su historia, por supuesto, no deja de estar envuelta en misterio. Sobre todo considerando que cuando uno, curioso, se acercaba a preguntarle por qué siempre está ahí, sólo obtiene silencio por respuesta. 

Sin embargo, hace un par de años se dio a conocer su historia. Fue el cronista de Querétaro Andrés Garrido del Toral quien compartió este texto del libro “Querétaro en el siglo XX: Personajes de la vida cotidiana”, de Connie Garrido Sicilia: 

Si a horas avanzadas de la noche, un fin de semana, has cruzado la Plaza de Armas, seguro que te has encontrado con ella. El contraste de sus largas y enmarañadas canas, con la negrura de sus bolsas de plástico y vestuario, es escalofriante, pero más escalofriante es aún la parsimonia con la que se acerca, la timidez o curiosidad de sus ojos claros y la voz aniñada con la que pide “una monedita, por favor”. Lo más curioso es que, en la mayoría de los casos, aborda sólo a hombres, lo cual tiene su explicación más adelante. La única ocasión en que la he visto a plena luz del día, fue cruzando el puente Revolución, de igual manera con sus bolsas y su ropaje negro.
Hace unos años, una amiga y yo nos obsesionamos con semejante personaje y nos propusimos investigar sobre ella; ingenuamente creímos que la mejor manera de hacerlo era acercándonos para cuestionarla. La encontramos, como siempre, entre la Plaza de Armas y 5 de Mayo, a altas horas de la noche. Fingiendo ser visitantes primerizas en la ciudad, le preguntamos por lugares donde podríamos hospedarnos; como toda una conocedora, nos empezó a dar direcciones y tarifas, desde humildes posadas hasta hoteles lujosos. Su conversación era coherente e inteligente, todo lo contrario a lo que imaginábamos; pudimos apreciar la belleza de sus facciones -a pesar de su avanzada edad- y si bien, su mirada denotaba chispazos de locura, siempre se mantuvo serena.

Ya habiendo entablado la conversación, pasamos sutilmente a preguntarle sobre ella; ninguna información quiso darnos, ni su nombre, ni donde vivía, ni nada, sólo que había nacido en esta ciudad y que jamás se había movido de aquí. Todo ese rato no pude apartar la mirada de las dos bolsas negras que siempre sostiene; intentaba imaginarme qué guardaban éstas pero era imposible, sólo se notaba que era algo ligero. Le pregunté por las bolsas y me contestó que no podía decirnos lo que éstas contenían; un poco molesta, se despidió de nosotras y nos dijo que ya era hora de marcharse y continuó dando vueltas por la Plaza de Armas

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Después de este intento de entrevista, nuestra curiosidad aumentó y decidimos investigar por otras vías. Un maestro nuestro nos comentó que le habían contado, hace tiempo, la historia de esta señora, quien fue hija de una acaudalada familia queretana los Maurilio Bravo, dueños de bastantes propiedades en la calle Cuauhtémoc; ella y su hermana eran de una belleza cautivante, sin embargo, su padre jamás las dejó casarse. Cierto día, hubo un incendio en sus propiedades, quemándose incluso la casa que allí tenían, perdiendo todo; el padre murió y las dos hermanas ya eran demasiado grandes para pensar en rehacer su vida. Al paso de los años, la hermana mayor murió y nuestra señora de cabellos canos quedó sola, viviendo en las ruinas de lo que alguna vez fueron sus propiedades. Ahora, parece que se mantiene de la renta de una de ellas, el famoso Hotel de meretrices Cuauhtémoc, ubicado en la calle del mismo nombre. Dicen que por esta razón se acerca específicamente a los hombres, debido a esta necesidad carnal y emocional que jamás logró satisfacer y por la que ahora deambula entre la locura y la esperanza.

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