La leyenda de la Gitana del Río Querétaro

Leyendo la suerte de los queretanos, atormentó la vida de un joven

Fecha de registro: 2020-09-28 12:10:42

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Una tarde de verano de 1853, faltarían al Colegio Civil decenas de estudiantes, decididos a olvidarse de sus complicados deberes y dedicar esa tarde a la diversión. Iban de un lugar a otro, muy animados por su escape de las aulas. 

En su deambular por las calles, se toparon cerca del río Querétaro a un grupo de gitanos acampando. Entre ellos se encontraba una gitana que se acercó al grupo para ofrecer adivinarles la suerte. Divertidos, tendieron uno a uno la mano para enterarse de lo que les traería el futuro. Sin embargo, Simón, uno de los estudiantes, un chico callado y algo penoso, no tendió la mano. La gitana se acercó a él para pedírsela y al fin, Simón tendió la mano para no parecer descortés y la gitana contempló las líneas de su palma. De pronto una expresión de espanto se dibujó en su rostro y anunció: “Recuerda, son las seis en punto de la tarde, hoy es 13 de julio de 1853, dentro de treinta años, no más, no menos, morirás sin remedio.”

Por un momento, todos los estudiantes que les rodeaban a ambos, curiosos por ver qué ocurría, guardaron silencio, después uno a uno se soltaron a reír.

La gitana se retiró indignada y el grupo siguió recorriendo las calles. Simón les seguía serio y recordando lo que le había dicho la gitana.

Pasó el tiempo y Simón obtuvo su licenciatura. Como obsequio recepcional, sus padres le dieron un fino reloj, que tenía el pequeño defecto de adelantarse un poco, y aunque le llevó para que fuese arreglado, nada pudo hacerse, y  Simón acabó acostumbrándose a tal hecho, llegando siempre con anticipación a sus citas.
Pronto se casó y tuvo algunos hijos que crecieron muy sanos. Se acercó entonces 1883 y la predicción comenzó a hacerse presente en él. Desde principio de año, don Simón comenzó a organizar sus asuntos para dejar todo en orden. Su testamento, sus papeles y el negocio.

Pronto pasaron los meses y llegó julio, más don Simón se sentía aún con buena salud. La mañana del día trece, se levantó para ir al templo más cercano y confesar todas sus culpas. Por la tarde se encerró en su despacho para que nadie le molestase. Llegaron por fin las seis en punto. Don Simón lo comprobó mirando su fino reloj que marcaba la fatídica hora, pero nada parecía pasar. Se sentía en perfectas condiciones y llegó a asumir que entonces aquella predicción tan sólo había sido un engaño.

Feliz, salió corriendo de su despacho a sacar una botella de su mejor vino para brindar con los suyos, quienes no lograban comprender lo que ocurría. 
Del viejo reloj público se desprendieron entonces seis campanadas huecas, y en ese momento, don Simón se desplomó ante su esposa e hijos, quienes después se propusieron a poner en orden todos los papeles del difunto. Encontraron todo en orden y también un pequeño papel que tenía anotado “13 de julio de 1883, a las seis de la tarde”. Que nada explicaba, pero mucho dijo a la familia.

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