Los músicos del diablo, una leyenda de la Sierra

Nadie se imaginó cómo terminaría aquella noche

Fecha de registro: 2020-09-20 10:43:30

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En la sierra queretana y potosina hay una gran tradición para celebrar el Día de Muertos.

Los vecinos y los amigos, además de los propios familiares, son los encargados de poner en el altar de un difunto aquellas cosas que tanto le gustaban en vida.

Una familia envía a su vecino el mezcal, el zacahuitl, la cecina seca, los cigarrillos, el aguardiente y hasta el periódico que le gustaba leer al difunto. Es una forma de decirle cuánto se le extraña en el lugar.

Otra costumbre bien arraigada en aquellos pueblos es el de enviarle al difunto la música que le gustaba oír. Por eso no es raro que los grupos musicales, los tríos y hasta los solistas, hagan su ‘agosto’ en plena celebración de muertos. El músico o los músicos son enviados por algún vecino que sabía que al difunto le gustaba algún guapango o alguna canción en especial. Aquí comienza la leyenda de los músicos del Diablo.

La leyenda cuenta que uno de esos tríos que buscaba de casa en casa ser contratado, se cansó de buscar pues algo raro había ocurrido en el pueblo que en todas las casas se negaron a contratarlos. Por falta de dinero, por falta de ganas.

Desesperados y hambrientos, pues había llegado de un pueblo más lejano donde no tenían esas tradiciones, los tres jóvenes se fueron a la plaza a buscar un lugar en dónde dormir. Alguna banca, algún lotecito de pasto les era suficiente. Encontraron un lugar frente a la iglesia del pueblo cuyas campanas sonaban cada hora. Quedándose medio dormidos uno de ellos escuchó a lo lejos, y acercándose rápidamente, ruido de cascos de caballos. Se trataba de un carruaje negro, fino, lujoso, jalado por cuatro enormes caballos negros. Todos manipulados por un hombre vestido del mismo y con una gran capa.

Deteniéndose a su lado, ya los tres despiertos, ese extraño hombre les preguntó si estaban dispuestos a tocar en una casa cercana al pueblo. Entre el sueño que se cargaban y la necesidad de hacer algo de dinero los tres aceptaron y subieron al vehículo que arrancó tan pronto como subió el último de ellos.

La casa, o mejor dicho el palacete, estaba a las afueras del pueblo, veredeando por un camino de tierra rodeado de grandes árboles y montañas que parecían nunca acabar. En lo que podría ser el centro del bosque, estaba la hermosa edificación. El cochero les ordenó que bajaran y que lo siguieran. Había una gran fiesta. Una fiesta de disfraces. Gente con terroríficas máscaras, con maquillaje exagerado, con pelucas de colores. Quien parecía el dueño les pidió que tocaran lo mejor de su repertorio pues reunida la gente del pueblo en ese lugar, querían escuchar las canciones de la región.

En el salón principal, con apenas algo de luz, había grandes mesas con comida como pavo, pollos, trozos de carne, y mucho tequila, mezcal y aguardiente. Todos parecían disfrutar la gran fiesta, la gran celebración. Los músicos estaban encantados por el lugar en donde les tocó cantar.

Ninguno de ellos se imaginó al llegar al pueblo que tocarían para el publico que estaba frente a sus ojos. Dieron las tres de la mañana y el mismo hombre que los había contratado les pidió que se retiraran, que la fiesta había acabado. Los llevó hasta la plaza en donde los había recogido. Les entregó algunas monedas de oro y se retiró. Los músicos estaban exhaustos y pronto cayeron rendidos.

Al día siguiente despertaron con los primeros rayos de luz y con una tremenda hambre. Buscaron las monedas que por la noche les habían entregado en pago y no encontraron nada. En su ropa en lugar de eso, encontraron piedras tan comunes y corrientes como las que uno puede encontrarse en la calle. Los tres acordaron acudir al lugar donde los habían contratado para reclamar. Lo hicieron caminando. Ya con la luz del día caminaron por horas hasta llegar al gran edificio que habían visto por la noche. Pero estaba vacío. Y en ruinas. No había nadie. Pero en lo que tendría que ser el inmenso jardín de la casa se llevaron la sorpresa de su vida al darse cuenta que se trataba de un panteón.

Cuando contaron eso en el pueblo, más de uno se rio a carcajadas como si fuera lo más común que les pudiera haber pasado. No pasa nada, les dijeron los pueblerinos; cada año, el diablo hace lo mismo para celebrar a los muertos que están con él en el infierno. De esos músicos jamas se volvió a saber en el pueblo. Lo más seguro es que a ninguno de ellos se le ocurrió volver al lugar donde tocaron para el diablo y sus huéspedes.

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